Nacionalismo y George Orwell

Ocasionalmente, en el relato y quehacer del nacionalismo catalán aparece la obra de George Orwell, Homenaje a Cataluña. Tengo que suponer que es únicamente por el título y que en realidad nadie se la ha leído, pues en sí el libro trata de la Guerra Civil Española. No me lo he leído y por lo tanto desconozco su valor como libro de historia, pero lo que es evidente es que no es un masaje al ego identitaria local.

[Nota: Hay mucha letra en este artículo. Comentadme si se lee bien. He intentado que sea letra más grande que la estándar y que el espaciado sea amplio, pero no sé si funciona y puede depender del aparato que se use para leerlo. Además, cambiar de inglés a español todo el rato puede que haya afectado a cómo están escritas algunas (es decir, mal)

De hecho, Orwell también escribió un ensayo sobre el nacionalismo, si bien usa tal palabra en un sentido más amplio, como hoy usaríamos “groupthinking”, “fanatismo”, identificación grupal, política identitaria o algo parecido. También, recordando la Guerra Civil Española, dijo esto:

[Allí] vi en los periódicos noticias que no tenían ninguna relación con los hechos […] vi la historia siendo escrita en términos no de lo que ocurrió pero de lo que debería haber ocurrido según las diversas ideologías de partido.

Orwell vio en primera persona la destrucción del lenguaje y, por lo tanto, de la posibilidad de hablar sobre la realidad, en España. Dudo que hubiera aceptado sin problemas El Procés. En cualquier caso, copiaré aquí unos cuantos fragmentos traducidos de su ensayo “Notas sobre el Nacionalismo.”, el original en inglés también puede (y debería) leerse.

Por ‘nacionalismo’ quiero decir, primero de todo, la costumbre de asumir que los seres humanos pueden ser clasificados como insectos, y que bloques enteros de millones o decenas de millones de personas pueden clasificarse sin problemas como ‘buenos’ o ‘malos’. En segundo lugar -y esto es mucho más importante- quiero decir la costumbre de identificarse uno mismo con una única nación u otra unidad, colocándola por encima del bien y del mal, sin reconocer ningún otro deber que avanzar sus intereses.

[…]

El patriotismo es por naturaleza defensivo, tanto militar como culturalmente. El Nacionalismo, en cambio, es inseparable del deseo de poder. El propósito inquebrantable de todo nacionalismo es asegurar más poder y prestigio, no para uno mismo sino para la nación u otra unidad en la que uno ha elegido hundir su propia individualidad.

Eso es algo difícil de entender en un debate nacionalista, pues se olvida rápidamente que el problema de tales debates no es la cosa que se desea, sino que se quiere por encima de cualquier otra cosa y que se juzga moralmente a quien se opone a esa preferencia (“¿Cómo que quieres decidir sobre algo que no sea la libertad de la nación catalana?”.) Y que tal cosa se desea por sí misma, sin que pueda ser juzgada por cómo se aplica, cómo se explica, sus consecuencias, etc. Es una cuestión de jerarquía de preferencias, donde un monotema obliga a todo lo demás a girar a su alrededor y supeditarse a sus intereses y preferencias. Finalmente, se olvida que el nacionalismo es la alineación de los propios intereses o, incluso, la autoestima, a los intereses, prestigio e imagen del Grupo. Por ello las críticas a la ideología no se ven como críticas a un X que desea conseguir Y (y por lo tanto puede hacerlo mejor o peor), sino como ataques personales que “ofenden”, pues para el nacionalista lo son: Es su identidad, o una parte muy importante de ella.

[…] Un nacionalista es aquel que piensa únicamente, o principalmente, en términos de prestigio competitivo. Puede ser un nacionalista positivo o negativo -esto es, puede usar su energía mental en alzar o denigrar-, pero en cualquier caso sus pensamientos siempre vuelven a las victorias, derrotas, triunfos y humillaciones.[…] El nacionalismo es hambre de poder templada por el auto engaño. Todo nacionalista es capaz de la deshonestidad más flagrante, pero también -puesto que es consciente de servir algo mayor que él mismo- está firmemente convenido de estar en lo cierto.

Los comentarías políticos o militares, como los astrólogos, puedes sobrevivir casi cualquier error, ya que sus seguidores más devotos no les siguen por su valoración de los hechos sino por la estimulación de las lealtades nacionalistas.

Es casi como si Orwell, en los 40, ya está visualizando el horror de las tertulias televisivas.

Obsesión: Siempre que sea posible, ningún nacionalista piensa, habla, o escribe sobre alguna cosa excepto la superioridad de su unidad de poder. Es difícil si no imposible para un nacionalista ocultar su lealtad.[…] Los dos lados de la Guerra Civil Española tenían entre ellos nueve o diez términos para expresar los diferentes grados de odio y amor. […] Todos los nacionalistas consideran como su deber difundir su propio lenguaje a expensas de los lenguajes rivales.

No está hablando, literalmente, de lenguas (aunque podría darse el caso), sino más bien de la jerga ideológica que surge cuando aparece el “nacionalismo.” Cosas como: “Es hora de consensuar e iniciar diálogos transversales para unir fuerzas y conseguir la progresiva desconexión con el Estado español, basado todo en un proceso democrático e inclusivo del derecho a decidir.”… que estoy seguro es una frase correcta gramaticalmente, estoy también seguro que la he escrito en un idioma que conozco y utilizo, pero no tengo ni idea de qué significa exactamente (y me la he inventado yo.)

Es un lenguaje que no dice, sino que señala, te señala como miembro de un grupo moralmente superior sin tener que demostrarlo, y a la vez señala al oponente como moralmente defectuoso. Al fin y al cabo, como puede ser malo algo con ‘consensuar’, ‘diálogo’, ‘transversal’, ‘unir’, ‘progresivo’, ‘proceso’, ‘democrático’ y ‘decidir.’ ¿No sientes un calorcillo agradable cuando lees esas palabras tan bonitas, cómo puede eso ser malo? ¿y qué clase de monstruo se opondría a ello?

Eso en el lazo azucarado, pero también está en vicioso: “Solo es otro ejemplo de la tendencia e ideología autoritaria y protofascista inherente a España desde su inicio como pseudonación surgida de la conquista y asimilación de otras naciones.” Seguido de una cara que dice “Que se le va a hacer, son así.”

Inestabilidad: La intensidad con la que se mantienen no impide que las lealtades nacionalistas sean transferibles. […] Pero es peculiarmente interesante el hecho de que la retransferencia también es posible. Un país u otra unidad que ha sido adorado durante años puede convertirse en detestable, y otro objeto de afecto puede ocupar su puesto sin apenas intervalo.[…] En la Europa continental los movimientos fascistas reclutaron ampliamente entre los comunistas[…] Lo que se mantiene constante en el nacionalista es el estado mental: el objeto de sus sentimientos puede cambiar, y bien puede ser imaginario.

El comunista radical que se hace ecologista radical o nacionalista igualmente radical tras la caída del Muro de Berlín, el antireligioso que de golpe se convierte en un Torquemada, etc. La intensidad y estructura mental básica se mantiene, pero la lealtad ha mutado.

Indiferencia a la realidad: Todo los nacionalistas tiene el poder de no ver similitudes entre conjuntos de hechos parecidos. Un Tory británico defenderá la autodeterminación en Europa pero se opondrá a ella en la India sin ningún sentimiento de inconsistencia. Las acciones son buenas o malas no por sus propios méritos sino según quién las hace […]

Todo nacionalista es perseguido por la creencia de que el pasado puede alterarse. Pasa la mayor parte de su tiempo en un mundo de fantasía en el que las cosas ocurren como deberían […] y transferirá fragmentos de ese mundo a los libros de historia siempre que sea posible.

El objetivo principal de la propaganda es, por supuesto, influenciar la opinión contemporáneo, pero aquellos que reescriben la historia probablemente creen con alguna parte de su mente que realmente están introduciendo hechos en el pasado.

No hace falta hacer comentarios.

La indiferencia a la verdad objetiva se potencia al aislar una parte del mundo de la otra, lo que hacer que sea más difícil todavía descubrir qué está ocurriendo de verdad.[…] La incertidumbre generalizada sobre lo que está ocurriendo hace más sencillo el agarrarse a creencia lunáticas. Como nada jamás se prueba o falsea, el hecho más inequívoco puede ser negado descaradamente. […] Toda controversia nacionalista existe al nivel de debate social. Siempre es totalmente inconcluyente pues cada contendiente ya cree que ha ganado. Algunos nacionalistas no están muy lejos de la esquizofrenia, viviendo felizmente en entre sueños de poder y conquista que no tienen ninguna relación con el mundo físico.

No estaba hablando de eso, pero ese “aislar” se potencia hoy en día gracias a las cajas de resonancia ideológica en que se han convertido los medios de comunicación y las redes sociales. Uno no se ve obligado a aguantar demasiadas opiniones discrepantes (unfollow, block, o cambio de canal), y el debate en sí ya está tan viciado por el lenguaje cargado (ver punto anterior), que la gente no habla sobre una realidad, sino que cada cual tiene su propia realidad en la cabeza y se hablan por encima, sin tocarse. No intento repartir la culpa por igual al decir esto, pues la mayor responsabilidad recae en aquel que empieza la ofensiva y la mantiene (el otro, como mucho, se defiende), pero es necesario recordar que en estos debates sociales, a veces uno acaba cogiendo los defectos, argumentos y relatos del otro.

En este punto es importante corregir la simplificada imagen que me he visto obligado a crear. […] el nacionalismo puede ser intermitente y limitado. Un hombre inteligente puede medio sucumbir en una creencia que él sabe es absurda, y puede mantenerla fuera de su mente por largos periodos, únicamente volviendo a ella en momentos de ira o sentimentalismo, o cuando está seguro de que ningún tema importante está en juego.

La monomanía no es interesante, y el hecho de que ningún nacionalista de la clase más intolerante puede escribir un libro que aún siga siendo interesante pasados unos años, tiene cierto efecto desodorante.[…] la persona más imparcial y calmada puede convertirse de repente en un vicioso partisano, deseoso únicamente de “anotarle puntos” a su adversario, e indiferente a cuantas mentiras dirá o cuantos errores lógicos tendrá que cometer mientras lo hace.

Tan pronto como el miedo, el odio, los celos y la adoración al poder se involucran, el sentido de la realidad se trastorna. Y, como ya he señalado, el sentido de lo bueno y lo malo también se trastorna.[…]

Sobre los odios y amores nacionalistas que he aquí he tratado, creo que son parte del maquillaje de la mayoría de nosotros, nos guste o no. Si es posible eliminarlos no lo sé, pero creo que es posible luchar contra ellos, y eso es esencialmente un esfuerzo moral. […] Los deseos emocionales que son inevitables, y quizás incluso necesarios para la acción política, deberían ser capaces de existir junto a una aceptación de la realidad. Pero eso, repito, necesita de un esfuerzo moral […]

¿Cuándo fue la última vez que viste o leíste a alguien decir que es un deber moral esforzarse en no ser un lunático, que el autocontrol es necesario y deseable, que una ideología debe aspirar a más éticamente hablando, que no es perfecta? Puede que no te hayas dado cuenta, pero hemos llegado a un punto en que lo único necesario para que una acción política sea correcta y moral es que te identifiques fuertemente con ella. Naturalmente, eso haría que toda política fuera moral (y eso no puede ser), y por ello la necesidad del Relato social, la idea o historia que filtra el resto de políticas y las declara correctas o no según su propio criterio, y no uno universal o aceptado por casi todo el mundo (de ahí la importancia del pseudolenguaje político o incluso la manipulación de la historia). Pero eso será para otro artículo.

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