El país que se hace.

Siempre es agradable que te confirmen lo que has dicho repetidas veces. Especialmente si viene de la boca del President de la Generalitat.

“Cataluña está en un momento fundacional” porque “estamos creando una nación, que hemos heredado y que tenemos el deber de dejar para las futuras generaciones” y “hacer un país quiere decir hacerlo todos y con todas las ideas […] cada día es un momento fundacional.”

[negritas son mías]

Ignoraré eso de que hay que hacerlo con todas las ideas, por muy incompatibles que sean, pues no se lo cree ni él, y me centraré en lo que importa.

He comentado varias veces que un proceso nacionalista no es una “cosa” ni se le debe confundir con uno de los objetivos finales que se presentan en público (el referéndum.) Es más, el referéndum puede ni importar, o importar no tanto para ganarlo como para hacerlo, lo que presenta precedente para que pueda volver a forzarse el tema unos años después.

Un proceso nacionalista se conjunga, es un verbo, y lo que lo describe bien es el hecho de nacionalizar lo que previamente no era parte del Proceso. De ir politizando la sociedad en cuestión.  De convertir tu preferencia política en LA prefenrencia del país, en el monotema. En las palabras de Puigdemont, se está creando una nación día a día.

En el Proceso, por lo tanto, no es tan importante el final del mismo como el  hecho de ir haciendo Proceso, de ir construyendo la nación poco a poco. Notad que eso, como las llamadas estructuras de Estado, se van haciendo aunque no se tenga aún un mandato popular que confirme que el deseo de la población va hacia allí (la independecia.) Por si acaso, el Nuevo País se va haciendo de todos modos. Y una vez levantados esos cimientos, aunque el Procés oficialmente pierda, todo eso seguirá allí.

Todo el asunto tiene, por lo tanto, algo de prestidigitación. Mientras con una mano se crea una conciencia colectiva de derechos violados con una respuesta de candidez absoluta (“Sólo queremos saber lo que opina la gente”), con la otra se va actuando -tal y como dicen algunos independentistas- como si ya se fuera independiente y soberano. ¿Que luego el Constitucional te lo tumba? Otro agravio más a la lista de razones para irse.

Todo ello, incluso si no acaba funcionando, es una máquina perfecta para procesólogos: Tertulias dias, drama constante, días históricos a cada hora, etc. Debe ser casi adictivo para los que surfean esa extraña ola ideológica.

Y para los políticos tampoco está mal, pues uno puede gobernar sin apenas firmar una sola ley, hablando una únicamente del Prusés de vez en cuando. Las víctimas finales, aparte del lenguaje, es la gente, el resto mundo. Pero no son victimizados en alguno concreto y fácil de vez, como que alguien te robe, sino en algo más sutil: perder el tiempo.

Como en un espectáculo de magia espantosamente largo, hay gente que ha estado años mirando al mago hacer sus juegos, sin pensar, sin ocurrírsele, qué  por qué DEBE mirarle y centrar su atención en él, o qué podría haberse hecho con ese tiempo. Y ese, creo yo, será el legado del Procés: un enorme y constante “¿qué podría haber sido?”

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